lunes, 19 de marzo de 2012

EN RECUERDO DE LA “PEPA”, HABLEMOS DE NUESTRA ACTUAL CONSTITUCION

El  presente cuadro “La Verdad, el Tiempo y la Historia” (atribuido a Goya, exhibido en el Museo de Estocolmo)  pasa por una alegoría de la Constitución de 1812, La Pepa, de la que estamos celebrando su Bicentenario.
En ese alegórico lienzo vemos cómo la Verdad, representada por una hermosa mujer, que se deja coger del brazo por el Tiempo (el anciano con alas), encarna a la soberanía nacional con el cetro en la mano izquierda y un libro (¿la Constitución?) en la izquierda mientras que la Historia es representada por una mujer sin prejuicios que toma nota de lo que ve.
Los diputados Agustín Argüelles, Diego Muñoz Torrero y Pérez de Castro, que se decían católicos a fuer de liberales y esto mismo a fuer de católicos, fueron los encargados de la redacción de la Constitución de 1812 y, sin complejos, se pusieron de acuerdo para el siguiente preámbulo:  En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo autor y supremo legislador de la sociedad. Las Cortes generales y extraordinarias de la Nación española, bien convencidas, después del más detenido examen y madura deliberación, de que las antiguas leyes fundamentales de esta Monarquía, acompañadas de las oportunas providencias y precauciones, que aseguren de un modo estable y permanente su entero cumplimiento, podrán llenar debidamente el grande objeto de promover la gloria, la prosperidad y el bien de toda la Nación, decretan la siguiente Constitución política para el buen gobierno y recta administración del Estado.
Patriótica, ingenua, muy abierta al aire de los tiempos y con afán de resultar lógica, aquella Constitución, sin renunciar a lo más substancial de la Historia de España, establecía la soberanía en la Nación, la monarquía constitucional, la separación de poderes, el sufragio universal masculino indirecto, la libertad de imprenta, la libertad de industria, el derecho de propiedad y lo que podríamos llamar el “poso de muchos siglos de Historia” y que escritores foráneos como Paul Valery han descrito como la herencia de Jerusalem, Grecia y Roma.
Leemos que “La Constitución de 1812 se publicó hasta tres veces en España —1812, 1820 y 1836—, se convirtió en el hito democrático en la primera mitad el siglo XIX, transcendió a varias constituciones europeas e impactó en los orígenes constitucionales y parlamentarios de la mayor parte de los estados americanos durante y tras su independencia. Se aprobó en el marco de la Guerra de la Independencia (1808 a 1814), y fue la respuesta del pueblo español a las intenciones invasoras de Napoleón Bonaparte que, aprovechando los problemas dinásticos entre Carlos IV y Fernando VII, aspiraba a constituir en España una monarquía satélite del Imperio,  como ya había hecho con Holanda, Alemania e Italia, destronando a los Borbones y coronando a su hermano José Bonaparte. Pero la respuesta de los ciudadanos, jalonada por sucesos como el Motín de Aranjuez, las Renuncias de Bayona y el levantamiento de los madrileños el 2 de mayo, encerró un segundo significado para una pequeña parte del pueblo español. La España patriota, disgregada en un movimiento acéfalo de Juntas, entre levantamientos, sitios y guerrillas se unió finalmente en una Junta central Suprema, y después en una Regencia de cinco miembros, cuyos cometidos principales fueron la dirección de la guerra y la reconstrucción del Estado”.
Con ese espíritu fueron redactados sus 384 artículos, de los cuales copiamos los nueve primeros:
Art. 1. La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.
Art. 2. La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona.
Art. 3. La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales.
Art. 4. La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen.
Art. 5. Son españoles: Primero. Todos los hombres libres nacidos y avecindados en los dominios de las Españas, y los hijos de éstos. Segundo. Los extranjeros que hayan obtenido de las Cortes carta de naturaleza.Tercero. Los que sin ella lleven diez años de vecindad, ganada según la ley en cualquier pueblo de la Monarquía.   Cuarto. Los libertos desde que adquieran la libertad en las Españas.
Art. 6. El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, el ser justos y benéficos (Por favor, nada de bromas sobre lo que de seguro no pretendía  más que ser una muy conveniente recomendación).
Art. 7. Todo español está obligado a ser fiel a la Constitución, obedecer las leyes y respetar las autoridades establecidas.
Art. 8. También está obligado todo español, sin distinción alguna, a contribuir en proporción de sus haberes para los gastos del Estado.
Art. 9. Está asimismo obligado todo español a defender la Patria con las armas, cuando sea llamado por la ley.
Salvando las distancias, no hemos dejado de sorprendernos  al comprobar cómo la Constitución  de 1978, que aun sigue de actualidad, resulta menos fiel que la de 1812 a lo que Ortega llamó "nuestra Razón Histórica", presenta no pocas in-concreciones que ocasionan múltiples problemas de interpretación y permite la persistencia de grietas y más grietas que no ha sabido cerrar o, lo que es peor, ella misma ha ensanchado. En razón de ello,  el que esto escribe cree que es llegado  el momento de “tirar por la calle de en medio” y con una elemental dosis de sentido común, pese a quien pese, abordar el pertinente “aggiornamento” de nuestra Ley de Leyes; consecuentemente,  se permite repetir parte de lo escrito al respecto en su libro “Civilización, Religión y Democracia en España”:  
Al referirnos a la Constitución Española de 1978, creemos  oportuno recordar que la viabilidad de un sistema de libertades, cuyo amparo y regulación es  o debe ser el objetivo esencial de una Ley de Leyes, tiene mucho que ver con la Historia, la forma de vivir e, incluso, la Geografía, cuestiones no siempre presentes en la mentalidad e intenciones de los “padres constituyentes”,  sobre todo, cuando éstos colocan las consignas del propio partido sobre los intereses generales e, incluso, sobre los dictados de la propia conciencia: La Constitución de 1812, llamada cariñosamente la Pepa, nació animada por el estrechamiento de voluntades desde el patriotismo y la plena consciencia de potenciar lo común frente al sedicioso invasor: fue un canto a la libertad y a la fraternidad de los “españoles de ambos hemisferios”; su efectividad fue torticeramente estrangulada por la imbécil egolatría, la cobardía y el pésimo hacer del rey “Felón”, aquel mal hadado tiralevitas de Napoleón, con la lógica secuela de la corrupción de multitud de voluntades. Tras revoluciones, pronunciamientos, guerras fratricidas, cambios de régimen y extrañas experiencias con un príncipe nada español, vino la Restauración y con ella la Constitución de  1876, la del posibilismo funcional: claro que no era perfecta, pero, puesto que se trataba de restaurar o salvar lo salvable, las dos grandes fuerzas políticas de entonces, encabezadas por dos patriotas (Castelar y Sagasta) hicieron el milagro de traer la paz a España, luego de traducir en complementarias sus rivalidades políticas no sin concesiones escasamente respetuosas con lo que requeriría una democracia “de todos y para todos”; el caso es que duró al menos medio siglo y, probablemente, hubiera  seguido en vigor mucho más tiempo si el Rey  Constitucional de entonces hubiera usado acertadamente de las prerrogativas y obligaciones que le otorgaba la misma Constitución; sobrevino lo que todos sabemos  y, tras el cambio de Régimen, cobró el carácter de Ley de Leyes la Constitución de 1978. Con ella nació la “España de las Autonomías” presidida nominalmente por un Rey que “reina pero no gobierna”  (¿cuál es el verdadero significado de la expresión?) y gobernada  por el líder político que elija el Parlamento, del cual, en parte,  también depende la elección de la cúpula judicial. Las autonomías, por su parte, tienen su propio poder ejecutivo con un presidente elegido por el correspondiente parlamento autonómico… Así lo expresa la letra de la Constitución, que pretende  facilitar la eficiencia del aparato del Estado, prosperidad, prestigio internacional y la armoniosa convivencia entre los españoles mediante 169 artículos agrupados en 10 “Títulos”.
A treinta y tantos años vista, entendemos que mejores habrían sido los resultados si hubiera privado la objetividad en todos y cada uno de los artículos en lugar de tal o cual cesión semántica o de fondo en aras del consenso a toda costa. Veamos algunos ejemplos: En el artículo 2 debería haberse precisado el alcance de la autonomía (¿administrativa o de todo orden?) y suprimido el término nacionalidades  en una redacción que  podía haber sido: La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía  de las regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas, en el desarrollo de las competencias cedidas por  el Poder Central del Estado según la ley orgánica correspondiente .
En el apartado 2 del artículo 3 debería haber sido sustituida la expresión “de acuerdo con sus estatutos” por otra más en consonancia con el interés nacional de forma que la redacción sería: Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas sin menoscabo del conocimiento y uso de la lengua común de todos los españoles.
En lo referente a las banderas, debería haberse evitado   cualquier expresión que diera pie a establecer paralelismos entre la enseña nacional y las regionales; consecuentemente, el apartado 2 del artículo 4 podría haber sido redactado de la siguiente manera: Los estatutos podrán reconocer banderas y enseñas propias de las Comunidades Autónomas. Estas se utilizarán junto a la bandera de España en sus edificios públicos y en sus actos oficiales en clara prominencia de la Nacional sobre las regionales.
El  artículo 15, que trata del “Derecho a la vida”, para evitar las sesgadas interpretaciones que luego se han hecho, debería haber precisado desde cuanto hasta cuando en una redacción como la que se apunta:  Todos tienen derecho a la vida desde su concepción hasta el ocaso y a la integridad física y moral, sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes. Queda abolida la pena de muerte, salvo lo que puedan disponer las leyes penales militares para tiempos de guerra.
En lo que atañe a la libertad religiosa, el apartado 3 del artículo 16 podría prevenir contra la falta de respeto a las creencias de la mayoría de los españoles; tal se habría logrado con la siguiente redacción: Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones, siempre que éstas no se declaren beligerantes con las creencias mayoritarias de los españoles.
Porque entendemos que no todo vale como motivo para la algarada callejera, creemos que el párrafo 2 del artículo 21 debería haber incluido la expresa prohibición de cualquier manifestación orientada a la división de  España en una redacción al estilo de  En los casos de reuniones en lugares de tránsito público y manifestaciones se dará comunicación previa a la autoridad, que deberá prohibirlas cuando  atenten contra la unidad de España o existan razones fundadas de alteración del orden público, con peligro para personas o bienes..
En dicho libro, erre que erre, se siguen con muchos más apuntes que los límites de este artículo impiden repetir. Hoy, 19 de Marzo de 2012, festividad de San José y día de homenaje a los padres, no está de más recordar a nuestros tatarabuelos, muy patriotas ellos, con un ¡VIVA LA PEPA! de todo corazón.

jueves, 1 de marzo de 2012

¿QUIÉNES BUSCAN PARA ESPAÑA LO DE GRECIA?

Ningún servidor público con un mínimo de dignidad  y sentido común puede azuzar  las irracionales revueltas callejeras cuando, luego reconocer la parte de culpa que pueda tener  en que, por acción o por omisión, la situación española haya llegado a donde está,  lo que se impone es no andarse por las ramas y, aunque solo fuere por  demostrar que es alguien de fiar y no un torticero incendiario,  discurrir con abierta conciencia sobre los remedios que se están aplicando para corregirlos en la parte corregible y potenciarlos en lo que más conviene a los intereses generales  ¿hacen eso todos los que cobran un buen sueldo por servir a los españoles?
Se dirá que somos unos ingenuos cuando apelamos a la abierta conciencia de los que tienen en sus manos el apoyar o no las medidas que convienen a todos aunque algunas de ellas, al igual que ciertas medicinas  realmente eficaces, produzcan “ardor de estómago”.
Que en España la economía global  y las consiguientes perspectivas de bienestar van mal, muy mal, nadie lo puede negar. Que el hecho de estar estancada la productividad  y que la progresividad del paro (¿habremos de llegar a más de seis millones de desempleados?) sea como una pescadilla que se muerde la cola es la evidencia misma.  Crece y crece la pobreza y ello nos afecta a todos, inclusive  a los que no dudan en lucrarse de la miseria ajena:  Según el informe Exclusión y desarrollo social 2012,  elaborado por la Fundación FOESSA,  la lacra del desempleo, que, en 2005, estaba en el 8,7%, sobrepasaba el 22,8 % a finales del pasado año, situación doblemente dramática para los jóvenes, cuyo desempleo era del 18,6% en 2005 para acercarse al 50% (48,6%) en 2012.  Si en 2005 las familias de todos sus miembros desempleados estaban en el 2,6%, en el último año tamaña desgracia ha subido hasta el 9,1%.
En España,  además de a ésa y a otras no menos graves calamidades,  nos enfrentamos a un  dramático empobrecimiento del que será muy difícil recuperarse: de él ya nos hablan con harta elocuencia los comedores sociales a los que ya se ven obligados a acudir cientos de miles de personas.  Al respecto, leemos en LaVanguardia.com de hoy, 1 de marzo del 2012:  Cáritas ha advertido de que la pobreza en España es "más extensa, más intensa y más crónica que nunca" y de que el aumento de la brecha salarial entre ricos y pobres "amenaza con polarizar la sociedad".
Esto de “polarizar la sociedad” es lo que, a todas luces, ya ha ocurrido en Grecia.
La catástrofe griega está ahí, debiera de servir de lección  para los principales sindicatos y tantos políticos que miran para otro lado como si, al final, ellos no hubieran de sufrir las consecuencias de dejarse llevar  por unos pocos que viven de y para la subversión. Allí todavía no se han dado cuenta de que se les acabó el tiempo de  vino y rosas con su secuela de despilfarros, abusos, corrupciones, etc., etc.,  y que toca sacrificarse  y arrimar el hombro para, entre todos, salir del atolladero. Parece que en Grecia son, pocos, muy pocos los que  se toman en serio la deuda astronómica que,  según los cálculos más optimistas y dando por supuesta una quita substancial, generación tras generación, tardarán  no menos de cien años  en saldar, lo que significa que o se reducen drásticamente los “gastos estructurales” o la protección social retrocederá décadas mientras que la inversión productiva se desvanecerá en el aire… todo ello si no se desmadran las exigencias de los que, hoy por hoy, son los reyes de la calle.
Entre nuestros políticos ¿quién es el que busca eso mismo para España? No pocos, al parecer, pero, sin duda, que muchos menos de los que aspiran a salir del bache a base de  trabajo, sentido común y austeridad equitativamente repartida y asumida, aunque en ello se nos encoja el alma. A estos muchos, que se toman en serio la imprescindible recuperación,  les corresponde tomar conciencia de lo que está fraguando esa minoría zángana, revoltosa y violenta; la misma  que parece responder a la consigna de “quédeme yo tuerto a cambio de que tú vivas a obscuras”. Claro que, mientras esté descabezada (si es que ya no lo está) esa minoría caerá en el  más imbécil y triste de los ridículos, sobre todo si las legítimas fuerzas del orden y de la justicia están en donde deben estar y obran como tienen que obrar.
Claro que, a fuer de realistas, mucho tememos que las cosas sigan degenerando en tanto en cuanto la responsabilidad de los sindicatos mayoritarios  brille por su ausencia  mientras  que algún que otro  de los bien situados políticos no piense en otra cosa que en arrimar el ascua a su sardina; en razón de ello,  nos atrevemos  a pedir: señor Pérez Rubalcaba ¿no puede usted hacer algo  para que la revuelta callejera baje a unos niveles tolerables en una democracia moderna que sufre las embestidas de la sin razón?

jueves, 23 de febrero de 2012

EL FRACASO DE LOS DOS PRINCIPALES SINDICATOS ESPAÑOLES

Los señores Méndez y Toxo, Toxo y Méndez, muestran haber perdido el Norte cuando sustituyen la falta de razones con el apoyo a la algarada callejera.
"Nos queda el derecho a la protesta, que no al pataleo, y si la protesta es masiva creo que el Gobierno cambiará de idea", ha confesado el señor Toxo, quien, a decir de muchos, es  más ponderado que su colega el señor Méndez, para quien la reforma laboral es de “extrema virulencia”.
Por respeto a la Constitución Española no podemos negar a los líderes sindicales la legal autonomía, aunque, la verdad sea dicha, una protesta sin razón, para aquellos a los que la razón les importa un pito termina diluyéndose en el derecho a un pataleo que, ese sí, las más de las veces se desahoga en la “extrema virulencia”.
El respeto, que ambos líderes sindicales se merecen como personas, no impide que nos veamos obligados a acusarles de indiferencia ante los problemas que hoy padecen los integrantes de lo que ellos llaman la clase trabajadora, sean los que aun conservan un puesto de trabajo o sean esos cinco millones y pico de españoles que, en su mayoría, darían media vida por un trabajo regular.
Después de meses y meses de hablar y hablar desde enquistadas posiciones siguen sin apearse del burro de la demagogia, hablan de nuevas negociaciones sin precisar sobre qué y amenazan con revolver la calle ahora ¿por qué no? apadrinados por el Partido Político al que corresponde la mayor responsabilidad de la actual recesión económica de España. Nos duele el fracaso de unos y de otros y, aunque sobre la pretendida renovación socialista no nos creemos nada, sí que nos gustaría ver en sus sindicatos, señores Méndez y Toxo, necesarios soportes para reactivar todas las posibilidades, medios y modos de crear empleo, irrenunciable objetivo nacional que todos debiera comprometernos, máxime cuando, a todas luces, se ve que las reformas en marcha nos llevan por el buen camino.
Cinco millones de parados y algunos más de jóvenes  sin ver cercanas las oportunidades de un primer empleo, requieren algo más que dormirse en los laureles y lanzar soflamas de otra época y lugar sin querer reconocer que para que haya empleo, preciso es que los potenciales empleadores se dediquen a crearlo, ayudando, de paso, a que nuestra industria, nuestra agricultura, nuestra pesca, nuestros servicios turísticos y demás fuentes de riqueza y prosperidad para todos ganen en calidad y competitividad y, por lo mismo, lleguen al nivel que corresponde con la capacidad de todos nosotros, incluidos los jóvenes que prefieren gritar a estudiar. 

sábado, 11 de febrero de 2012

LA OCLOCRACIA GRIEGA


Según la definición de Polibio, historiador griego del siglo II a.  C., “Oclocracia es la tiranía de las mayorías incultas  (-oclos-)  haciendo uso indebido de la fuerza para obligar a los gobernantes a adoptar políticas, decisiones o regulaciones desafortunadas" y la explica como el resultado de “las ilegalidades y violencias que tolera una débil democracia”.
Más cerca de nosotros, J. Mackintosh (1765-1832) ve en la “Oclocracia la autoridad de un populacho corrompido y tumultuoso, como el despotismo del tropel, nunca el gobierno de un pueblo”.  ¿No es eso lo que vemos que está ocurriendo en la Grecia del siglo XXI, víctima de una gravísima muestra de irresponsabilidad colectiva que parece crecer y crecer hasta arrastrar a todos  los que se mueven  (¿ nos  movemos?)  en su misma  órbita?
 Los griegos universales, Platón y Aristóteles, que coincidieron en muchas cuestiones sobre el humano discurrir, mantuvieron posiciones muy  poco coincidentes  en Política, hasta el punto de que, en la jerga actual, podríamos decir que el primero era de extremo-izquierda y el segundo liberal conservador o de centro-derecha: una ojeada a “La República” y a “La Política”,  respectivas obras de uno y otro,  confirmarán esta apreciación.
Para Platón, idealista hasta la médula, el buen entendimiento entre unos y otros nacía de la impersonal y obligada aceptación  de la inamovible división social en Filósofos, Guardianes y Trabajadores,  tres clases o colectivos en los que lo personal ha de ser  radicalmente sacrificado en aras de lo comunitario que se extiende hasta la propiedad colectiva de mujeres e hijos.  
Aristóteles, “muy amigo de Platón, pero mucho más amigo de la Verdad”,  vivió verdaderamente  obsesionado por obtener una perfecta comprensión de las cosas desde la objetiva y paciente observación de la raíz natural de la “materia en todas sus formas”, incluida la espiritual que corresponde a la condición humana. En su famosísima “Política” no se anda por las ramas y, en lugar de inventar  irreales supuestos  (lo que Platón llamada ideas) que,   por sí mismos, habrían de cambiar  la naturaleza de personas y cosas, bucea en la específica  realidad humana para apuntar las condiciones de las menos malas formas de convivencia, entre la que, por supuesto, no estaba la tiranía de una multitud desenfrenada.
Si Aristóteles hubiera conocido al Cristianismo, habría dicho que, para el progreso real, no hay mejor edificio que el que descansa en las columnas del Amor y de la Libertad. Bien sabemos que una aproximación a esa posible realidad  nos viene dada por la civilización greco-romana-cristiana en la que, mal que pese a tantos “ilustrados” de pacotilla,  hemos sido educados  y que, ojalá, sigamos apreciando en sus esenciales valores.
¿Puede ocurrir en España lo que está ocurriendo ahora en Grecia?  No,  si dejamos seguir su curso a un sentido común que, por ejemplo, muestra cómo, para que surjan y se desarrollen más y más oportunidades de empleo, es imprescindible que emprendedores y desempleados se vean suficientemente  motivados  para caminar en la misma dirección: es  lo que  intenta el actual Gobierno Español con la corrección de anteriores insuficiencias y errores, ello a pesar de que no son pocos los que  escurren el bulto manteniendo ideas y acciones de un viejo, viejísimo, ideal-materialismo.
Es ése un  ideal-materialismo,  según el cual todo se resuelve con ideas sin necesaria relación con la realidad  y sí que en el perenne enfrentamiento o “dialéctica de supuestos contrarios”, con el que se hizo fuerte el periclitado Carlos Marx:  si materialista y nada más que materialista a fuer de egoísta es el Capital Especulativo y Explotador,  materialistas y no menos egoístas han de ser los supuestamente explotados hasta convertirse en explotadores,  es lo que, siguiendo a tantos fracasados maestros,  vienen a proclamar los aprendices de “brujo salvador”,  a sabiendas de que ello lleva a un aborregamiento general  en el que campa a sus anchas esa dictadura  del desenfreno, que puede dar pie a la aparición  de los más bajos instintos del  tirano de turno  ¿es lo que buscan los que, en lugar de razonar sobre lo que conviene a la mayoría de los españoles, llaman a la rebelión sin tregua, salga el sol por donde salga y aunque ello nos lleve a la miseria sin remedio?

miércoles, 1 de febrero de 2012

BEATIFICACIÓN DE UNA DIPUTADA

Siempre hemos creído que un buen cristiano puede ser un gran político y, aún más, que un gran político resultará doblemente eficaz si actúa en todos los casos como un buen cristiano, lo que es tanto como seguir la recomendación evangélica de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.  El tema viene al caso por la reciente beatificación de la judía conversa Hildegard Burjan, aleccionador acontecimiento del que, con el título “Hildegard Burjan: La conciencia del Parlamento”,  se hace eco el diputado Eugenio Nasarre en PAGINASDIGITAL.es de 01/02/2012. Por creerlo de alto interés local y nacional, nos permitimos reproducir el texto íntegro:
Me hubiera gustado haber estado en Viena y poder asistir en la catedral de San Esteban a la beatificación de Hildegard Burjan, una de las ocho primeras diputadas en la historia parlamentaria de Austria. La del domingo ha sido, desde luego, una jornada gozosa para Austria, pero las lecciones de la vida de Hildegard sobrepasan con creces los confines del país alpino y son de rabiosa actualidad en la Europa en que vivimos
Casi ciento treinta años nos separan de su nacimiento en el seno de una familia judía centroeuropea, cuando todavía las fronteras eran borrosas y no se habían convertido en muros separadores. Fue una brillante estudiante, que concluyó sus estudios doctorándose en Filosofía en la Universidad de Berlín. Allí conoció y se casó a los 25 años con un joven ingeniero húngaro, también judío. Un año más tarde contrajo una grave enfermedad renal, que le hizo estar al borde de la muerte. Fue asistida en un hospital católico berlinés, donde recibió las atenciones de las monjas que lo regentaban. Allí descubrió muchas cosas nuevas para ella e inició su conversión al catolicismo, que culminó con su bautismo en 1909. Unos meses más tarde quedó encinta. Los médicos dictaminaron que el embarazo suponía un grave riesgo para su vida y le aconsejaron el aborto. Ella se negó, superó las dificultades de su embarazo y  dio a luz a su hija Lisa. Hildegard sencillamente apostó por la vida.
El matrimonio se trasladó a vivir a Viena. Y allí asistió a los convulsos años del fin del Imperio Austro-Húngaro,  la Primera Guerra Mundial y el nacimiento de la ya pequeña república austriaca. Impulsada por la fuerza de su espíritu, Hildegard desplegó un intenso compromiso social, con planteamientos innovadores, en favor  de las mujeres más  vulnerables y alentó una red social de apoyo a sus iniciativas.
Su compromiso social  le llevó a la política. En las primeras elecciones de la naciente república fue elegida diputada en las filas del partido socialcristiano. En el Parlamento impulsó numerosas iniciativas en materia social, como las relativas a  la protección de la maternidad y de los neonatos o a la formación permanente de las mujeres. Y de ella partió "la ley de protección de las trabajadoras a domicilio", entonces víctimas de una gran explotación. Fue siempre defensora de causas nobles, lo que hizo decir al cardenal de Viena Gustav Piffl: "es la conciencia del Parlamento".
Su actividad parlamentaria duró sólo una legislatura. Los partidos políticos son entes muy raros y sus criterios de valoración de las personas con frecuencia resultan  francamente extraños. Hildegard era demasiado libre de espíritu y no se amoldaba bien  a las ataduras que impone la política partidista. Además, en Austria también comenzaban a soplar los vientos del antisemitismo, que acabarían en furioso vendaval europeo. En ambientes de su mismo partido era mirada como mujer y judía, es decir,  con sospecha.
Su abandono de la política no le hizo disminuir su compromiso con las causas que había defendido. Fundó Caritas socialis, un instituto religioso dedicado a la asistencia a familias y jóvenes marginadas, al que dedicó por entero el resto de su vida. Su muerte, en 1933, coincidió con el ascenso de Hitler al poder. Europa se preparaba a su gran tragedia y los ideales por los que luchó Hildegard (la dignidad humana, de mujeres y hombres, la vida, los derechos de la infancia, la familia como lugar natural de libertad) iban a ser pronto pisoteados.
En la Europa secularizada, en la Viena que expresa hoy todas las contradicciones de la sociedad europea, las causas por las que luchó Hildegard con aliento cristiano están vigentes. Su breve experiencia partidista revela los límites de la política pero también, como ella misma proclamó con fuerza, la necesidad de este compromiso. La nueva beata Hildegard Burjan es un testimonio de nuestra época al que sinceramente conviene asomarnos.

martes, 24 de enero de 2012

EL DESAFIO ESPAÑOL

Durante años, muchos años, no pocos de nosotros, los españoles de carnet (con o sin voluntad de pertenecer a la misma Patria) hemos vivido como si muchas de nuestras cosas no fueran con nosotros mismos; lo lamentable es que, entre estas cosas,  estaba la propia supervivencia como ciudadanos dueños de sus actos, es decir, libres de abrirse camino por la vida en base al desarrollo de las propias capacidades: lo dominante ha sido y sigue siendo una especie del “aquí me las den todas” o “pase lo que pase,  resolverá el problema papá Estado”, una entelequia, incluso desligada de los que mandaban o tenían la obligación de tomar decisiones por encima de su rastrero interés o capricho; claro que esos mismos  distraían al personal con adormideras como la de “viva el amor estéril”,  “facilitemos que, en todo tiempo y lugar,  las madres  decidan sobre la vida de los hijos que llevan en su vientre”,  “abramos  el camino de la liberación a los enfermos irreversibles, quieran o no seguir viviendo”, etc., etc., etc…
Es así como ha venido lo que ha venido: una rebelión de la fuerzas ciegas de la historia con las consecuencias que ya todos estamos padeciendo, aunque muchos no quieran o no queramos darnos cuenta de que, a nivel global, somos  mucho más pobres, lo que nos obliga a vivir en consecuencia.
Es tiempo de serios compromisos y realistas decisiones en lugar de zarandajas ideológicas, que para lo único que sirven es para taparnos los ojos y no ver el abismo al que hemos estado  a punto de caer: abismo o progresiva ruina económica, moral y estructural (ojo con el desmadre de las autonomías) del que todavía no nos hemos librado del todo. Bien es verdad que lo de las “realistas decisiones” depende,  esencialmente, de los que, por derecho de nacimiento, posición social o resultado de los procesos electorales, están en situación de asumir las responsabilidades de rigor. Lo de los compromisos (eso sí que sí) nos afecta a todos los ciudadanos en situación de asumir “personales y patrióticas obligaciones”. Esto  se expresa en la conclusión de que cualquiera de nosotros siempre puede hacer más de lo que hace en  cuestiones  tales como la de apoyar de palabra y hechos a los políticos que nos parecen más eficientes y honrados (maldita la bobada de que todos son iguales), la de aprovechar las oportunidades de ser más útil a los demás, la de reavivar en la propia conciencia ineludibles exigencias morales y, de paso, intentar superar cualquier tipo de degradación animal, la de no cejar en la búsqueda de empleo por muchas que sean las dificultades para encontrarlo y aun  caso  de que, por un tiempo, disfrute de tal o cual subsidio más o menos merecido, etc., etc., etc....  
Claro que la situación española es dramática, máxime cuando  la tarta global de la economía parece estancada o crece en mucha menor proporción a  las poblaciones  que la sostienen y viven de ella mientras que los llamados países emergentes  van tomando el relevo de los países  que, hasta hace muy poco,  mantenían  y controlaban a su merced las fuentes de riqueza.
Pero ¿no es cierto que, para recuperar posiciones,  nosotros los españoles (incluidos lo que reniegan de serlo) podemos hacer bastante más de lo que hacemos en lugar de derrochar energías en paganos particularismos? ¿no es disparatado el comprobar cómo ciertas regiones de España actúan contra natura al promover mayor aislamiento del resto cuando resulta imprescindible juntar capacidades para, hombro con hombro, responder al desafío que nos lanzan los otros? ¿Acaso hemos olvidado que podemos ser mucho más de lo que somos y que el reciente relevo en la cumbre de la Política Nacional nos coloca al principio de lo que puede y debe llegar a ser un sugestivo proyecto de reanimación propia con la consiguiente proyección internacional  a beneficio de todos, empezando por nosotros mismos? 

martes, 17 de enero de 2012

NO TODOS HAN SIDO, SON, NI SERÁN IGUALES

   Claro que, mientras el mundo sea mundo, habrá debilidades, abusos, inoperancias y corrupciones en el ámbito de las sociedades, partidos políticos y otros grupos sociales.
   Pero, por mucho que se grite o se trate de justificar la mediocridad o escasísima falta de juicio de tantos y tantos que presumen de ilustrados, nadie puede sostener que los aciertos ni, tampoco, los cúmulos de debilidades, inoperancias y corrupciones sean del mismo carácter e igual intensidad en todos los casos y que, en razón de ello, ocasionen los mismos perjuicios a quienes padecen o han de padecer sus consecuencias. No puede ser de otra forma en cuanto sociedades, partidos políticos y otros grupos sociales están formados por personas  buenas, tibias o malas, con muy distinta condición, dispares criterios incluso sobre los objetivos del grupo a que pertenecen y (lo que es más determinante) sin igual buena voluntad para poner de su parte lo que haga falta para mejorar la situación;  y ¿qué decir de los líderes o principales responsables de las principales opciones políticas? ¿por qué algunos de ellos, en lugar de reconocer evidentes fallos y tropelías, hacen lo indecible para, en el mejor de los casos y cuando ya no es posible negar la evidencia, apuntar que ellos no hacen cosa que no hayan o piensen hacer los otros? ¿Qué razón hay para proclamar  o insinuar que todas las personas que participan en política harán otro tanto cuando surja la ocasión?
   Insisto: aferrarse a eso tan manido de que todos son iguales, además de una soberbia majadería, es el más pobre y falaz de los trucos de disculpa o defensa. Por demás, bien, hemos podido ver que, entre los socialistas o no socialistas, con distintos grados de inteligencia y disposición para la gestión pública, hay personas que se han distinguido por obrar de través sin otro objetivo que el de mirar por sí mismos frente a otras que han procurado cumplir con su obligación de servir a los demás.
Si hemos de centrarnos en los hechos concretos, ahí tenemos el ejemplo del gran político recientemente fallecido, don Manuel Fraga Iribarne. Creo que fue Felipe González el que dijo de él que “le cabía el Estado en la cabeza”. De lo que no cabe la menor duda es tanto de su categoría moral e intelectual como de su capacidad de gestión en plena concordancia con las circunstancias en que desenvolvió su trayectoria de servicio público durante unos sesenta años. Y verdad es que tiene muchos émulos en el Partido que fundó y, probablemente, en otros partidos que dicen mirar en distinta dirección.