jueves, 23 de febrero de 2012

EL FRACASO DE LOS DOS PRINCIPALES SINDICATOS ESPAÑOLES

Los señores Méndez y Toxo, Toxo y Méndez, muestran haber perdido el Norte cuando sustituyen la falta de razones con el apoyo a la algarada callejera.
"Nos queda el derecho a la protesta, que no al pataleo, y si la protesta es masiva creo que el Gobierno cambiará de idea", ha confesado el señor Toxo, quien, a decir de muchos, es  más ponderado que su colega el señor Méndez, para quien la reforma laboral es de “extrema virulencia”.
Por respeto a la Constitución Española no podemos negar a los líderes sindicales la legal autonomía, aunque, la verdad sea dicha, una protesta sin razón, para aquellos a los que la razón les importa un pito termina diluyéndose en el derecho a un pataleo que, ese sí, las más de las veces se desahoga en la “extrema virulencia”.
El respeto, que ambos líderes sindicales se merecen como personas, no impide que nos veamos obligados a acusarles de indiferencia ante los problemas que hoy padecen los integrantes de lo que ellos llaman la clase trabajadora, sean los que aun conservan un puesto de trabajo o sean esos cinco millones y pico de españoles que, en su mayoría, darían media vida por un trabajo regular.
Después de meses y meses de hablar y hablar desde enquistadas posiciones siguen sin apearse del burro de la demagogia, hablan de nuevas negociaciones sin precisar sobre qué y amenazan con revolver la calle ahora ¿por qué no? apadrinados por el Partido Político al que corresponde la mayor responsabilidad de la actual recesión económica de España. Nos duele el fracaso de unos y de otros y, aunque sobre la pretendida renovación socialista no nos creemos nada, sí que nos gustaría ver en sus sindicatos, señores Méndez y Toxo, necesarios soportes para reactivar todas las posibilidades, medios y modos de crear empleo, irrenunciable objetivo nacional que todos debiera comprometernos, máxime cuando, a todas luces, se ve que las reformas en marcha nos llevan por el buen camino.
Cinco millones de parados y algunos más de jóvenes  sin ver cercanas las oportunidades de un primer empleo, requieren algo más que dormirse en los laureles y lanzar soflamas de otra época y lugar sin querer reconocer que para que haya empleo, preciso es que los potenciales empleadores se dediquen a crearlo, ayudando, de paso, a que nuestra industria, nuestra agricultura, nuestra pesca, nuestros servicios turísticos y demás fuentes de riqueza y prosperidad para todos ganen en calidad y competitividad y, por lo mismo, lleguen al nivel que corresponde con la capacidad de todos nosotros, incluidos los jóvenes que prefieren gritar a estudiar. 

sábado, 11 de febrero de 2012

LA OCLOCRACIA GRIEGA


Según la definición de Polibio, historiador griego del siglo II a.  C., “Oclocracia es la tiranía de las mayorías incultas  (-oclos-)  haciendo uso indebido de la fuerza para obligar a los gobernantes a adoptar políticas, decisiones o regulaciones desafortunadas" y la explica como el resultado de “las ilegalidades y violencias que tolera una débil democracia”.
Más cerca de nosotros, J. Mackintosh (1765-1832) ve en la “Oclocracia la autoridad de un populacho corrompido y tumultuoso, como el despotismo del tropel, nunca el gobierno de un pueblo”.  ¿No es eso lo que vemos que está ocurriendo en la Grecia del siglo XXI, víctima de una gravísima muestra de irresponsabilidad colectiva que parece crecer y crecer hasta arrastrar a todos  los que se mueven  (¿ nos  movemos?)  en su misma  órbita?
 Los griegos universales, Platón y Aristóteles, que coincidieron en muchas cuestiones sobre el humano discurrir, mantuvieron posiciones muy  poco coincidentes  en Política, hasta el punto de que, en la jerga actual, podríamos decir que el primero era de extremo-izquierda y el segundo liberal conservador o de centro-derecha: una ojeada a “La República” y a “La Política”,  respectivas obras de uno y otro,  confirmarán esta apreciación.
Para Platón, idealista hasta la médula, el buen entendimiento entre unos y otros nacía de la impersonal y obligada aceptación  de la inamovible división social en Filósofos, Guardianes y Trabajadores,  tres clases o colectivos en los que lo personal ha de ser  radicalmente sacrificado en aras de lo comunitario que se extiende hasta la propiedad colectiva de mujeres e hijos.  
Aristóteles, “muy amigo de Platón, pero mucho más amigo de la Verdad”,  vivió verdaderamente  obsesionado por obtener una perfecta comprensión de las cosas desde la objetiva y paciente observación de la raíz natural de la “materia en todas sus formas”, incluida la espiritual que corresponde a la condición humana. En su famosísima “Política” no se anda por las ramas y, en lugar de inventar  irreales supuestos  (lo que Platón llamada ideas) que,   por sí mismos, habrían de cambiar  la naturaleza de personas y cosas, bucea en la específica  realidad humana para apuntar las condiciones de las menos malas formas de convivencia, entre la que, por supuesto, no estaba la tiranía de una multitud desenfrenada.
Si Aristóteles hubiera conocido al Cristianismo, habría dicho que, para el progreso real, no hay mejor edificio que el que descansa en las columnas del Amor y de la Libertad. Bien sabemos que una aproximación a esa posible realidad  nos viene dada por la civilización greco-romana-cristiana en la que, mal que pese a tantos “ilustrados” de pacotilla,  hemos sido educados  y que, ojalá, sigamos apreciando en sus esenciales valores.
¿Puede ocurrir en España lo que está ocurriendo ahora en Grecia?  No,  si dejamos seguir su curso a un sentido común que, por ejemplo, muestra cómo, para que surjan y se desarrollen más y más oportunidades de empleo, es imprescindible que emprendedores y desempleados se vean suficientemente  motivados  para caminar en la misma dirección: es  lo que  intenta el actual Gobierno Español con la corrección de anteriores insuficiencias y errores, ello a pesar de que no son pocos los que  escurren el bulto manteniendo ideas y acciones de un viejo, viejísimo, ideal-materialismo.
Es ése un  ideal-materialismo,  según el cual todo se resuelve con ideas sin necesaria relación con la realidad  y sí que en el perenne enfrentamiento o “dialéctica de supuestos contrarios”, con el que se hizo fuerte el periclitado Carlos Marx:  si materialista y nada más que materialista a fuer de egoísta es el Capital Especulativo y Explotador,  materialistas y no menos egoístas han de ser los supuestamente explotados hasta convertirse en explotadores,  es lo que, siguiendo a tantos fracasados maestros,  vienen a proclamar los aprendices de “brujo salvador”,  a sabiendas de que ello lleva a un aborregamiento general  en el que campa a sus anchas esa dictadura  del desenfreno, que puede dar pie a la aparición  de los más bajos instintos del  tirano de turno  ¿es lo que buscan los que, en lugar de razonar sobre lo que conviene a la mayoría de los españoles, llaman a la rebelión sin tregua, salga el sol por donde salga y aunque ello nos lleve a la miseria sin remedio?

miércoles, 1 de febrero de 2012

BEATIFICACIÓN DE UNA DIPUTADA

Siempre hemos creído que un buen cristiano puede ser un gran político y, aún más, que un gran político resultará doblemente eficaz si actúa en todos los casos como un buen cristiano, lo que es tanto como seguir la recomendación evangélica de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.  El tema viene al caso por la reciente beatificación de la judía conversa Hildegard Burjan, aleccionador acontecimiento del que, con el título “Hildegard Burjan: La conciencia del Parlamento”,  se hace eco el diputado Eugenio Nasarre en PAGINASDIGITAL.es de 01/02/2012. Por creerlo de alto interés local y nacional, nos permitimos reproducir el texto íntegro:
Me hubiera gustado haber estado en Viena y poder asistir en la catedral de San Esteban a la beatificación de Hildegard Burjan, una de las ocho primeras diputadas en la historia parlamentaria de Austria. La del domingo ha sido, desde luego, una jornada gozosa para Austria, pero las lecciones de la vida de Hildegard sobrepasan con creces los confines del país alpino y son de rabiosa actualidad en la Europa en que vivimos
Casi ciento treinta años nos separan de su nacimiento en el seno de una familia judía centroeuropea, cuando todavía las fronteras eran borrosas y no se habían convertido en muros separadores. Fue una brillante estudiante, que concluyó sus estudios doctorándose en Filosofía en la Universidad de Berlín. Allí conoció y se casó a los 25 años con un joven ingeniero húngaro, también judío. Un año más tarde contrajo una grave enfermedad renal, que le hizo estar al borde de la muerte. Fue asistida en un hospital católico berlinés, donde recibió las atenciones de las monjas que lo regentaban. Allí descubrió muchas cosas nuevas para ella e inició su conversión al catolicismo, que culminó con su bautismo en 1909. Unos meses más tarde quedó encinta. Los médicos dictaminaron que el embarazo suponía un grave riesgo para su vida y le aconsejaron el aborto. Ella se negó, superó las dificultades de su embarazo y  dio a luz a su hija Lisa. Hildegard sencillamente apostó por la vida.
El matrimonio se trasladó a vivir a Viena. Y allí asistió a los convulsos años del fin del Imperio Austro-Húngaro,  la Primera Guerra Mundial y el nacimiento de la ya pequeña república austriaca. Impulsada por la fuerza de su espíritu, Hildegard desplegó un intenso compromiso social, con planteamientos innovadores, en favor  de las mujeres más  vulnerables y alentó una red social de apoyo a sus iniciativas.
Su compromiso social  le llevó a la política. En las primeras elecciones de la naciente república fue elegida diputada en las filas del partido socialcristiano. En el Parlamento impulsó numerosas iniciativas en materia social, como las relativas a  la protección de la maternidad y de los neonatos o a la formación permanente de las mujeres. Y de ella partió "la ley de protección de las trabajadoras a domicilio", entonces víctimas de una gran explotación. Fue siempre defensora de causas nobles, lo que hizo decir al cardenal de Viena Gustav Piffl: "es la conciencia del Parlamento".
Su actividad parlamentaria duró sólo una legislatura. Los partidos políticos son entes muy raros y sus criterios de valoración de las personas con frecuencia resultan  francamente extraños. Hildegard era demasiado libre de espíritu y no se amoldaba bien  a las ataduras que impone la política partidista. Además, en Austria también comenzaban a soplar los vientos del antisemitismo, que acabarían en furioso vendaval europeo. En ambientes de su mismo partido era mirada como mujer y judía, es decir,  con sospecha.
Su abandono de la política no le hizo disminuir su compromiso con las causas que había defendido. Fundó Caritas socialis, un instituto religioso dedicado a la asistencia a familias y jóvenes marginadas, al que dedicó por entero el resto de su vida. Su muerte, en 1933, coincidió con el ascenso de Hitler al poder. Europa se preparaba a su gran tragedia y los ideales por los que luchó Hildegard (la dignidad humana, de mujeres y hombres, la vida, los derechos de la infancia, la familia como lugar natural de libertad) iban a ser pronto pisoteados.
En la Europa secularizada, en la Viena que expresa hoy todas las contradicciones de la sociedad europea, las causas por las que luchó Hildegard con aliento cristiano están vigentes. Su breve experiencia partidista revela los límites de la política pero también, como ella misma proclamó con fuerza, la necesidad de este compromiso. La nueva beata Hildegard Burjan es un testimonio de nuestra época al que sinceramente conviene asomarnos.

martes, 24 de enero de 2012

EL DESAFIO ESPAÑOL

Durante años, muchos años, no pocos de nosotros, los españoles de carnet (con o sin voluntad de pertenecer a la misma Patria) hemos vivido como si muchas de nuestras cosas no fueran con nosotros mismos; lo lamentable es que, entre estas cosas,  estaba la propia supervivencia como ciudadanos dueños de sus actos, es decir, libres de abrirse camino por la vida en base al desarrollo de las propias capacidades: lo dominante ha sido y sigue siendo una especie del “aquí me las den todas” o “pase lo que pase,  resolverá el problema papá Estado”, una entelequia, incluso desligada de los que mandaban o tenían la obligación de tomar decisiones por encima de su rastrero interés o capricho; claro que esos mismos  distraían al personal con adormideras como la de “viva el amor estéril”,  “facilitemos que, en todo tiempo y lugar,  las madres  decidan sobre la vida de los hijos que llevan en su vientre”,  “abramos  el camino de la liberación a los enfermos irreversibles, quieran o no seguir viviendo”, etc., etc., etc…
Es así como ha venido lo que ha venido: una rebelión de la fuerzas ciegas de la historia con las consecuencias que ya todos estamos padeciendo, aunque muchos no quieran o no queramos darnos cuenta de que, a nivel global, somos  mucho más pobres, lo que nos obliga a vivir en consecuencia.
Es tiempo de serios compromisos y realistas decisiones en lugar de zarandajas ideológicas, que para lo único que sirven es para taparnos los ojos y no ver el abismo al que hemos estado  a punto de caer: abismo o progresiva ruina económica, moral y estructural (ojo con el desmadre de las autonomías) del que todavía no nos hemos librado del todo. Bien es verdad que lo de las “realistas decisiones” depende,  esencialmente, de los que, por derecho de nacimiento, posición social o resultado de los procesos electorales, están en situación de asumir las responsabilidades de rigor. Lo de los compromisos (eso sí que sí) nos afecta a todos los ciudadanos en situación de asumir “personales y patrióticas obligaciones”. Esto  se expresa en la conclusión de que cualquiera de nosotros siempre puede hacer más de lo que hace en  cuestiones  tales como la de apoyar de palabra y hechos a los políticos que nos parecen más eficientes y honrados (maldita la bobada de que todos son iguales), la de aprovechar las oportunidades de ser más útil a los demás, la de reavivar en la propia conciencia ineludibles exigencias morales y, de paso, intentar superar cualquier tipo de degradación animal, la de no cejar en la búsqueda de empleo por muchas que sean las dificultades para encontrarlo y aun  caso  de que, por un tiempo, disfrute de tal o cual subsidio más o menos merecido, etc., etc., etc....  
Claro que la situación española es dramática, máxime cuando  la tarta global de la economía parece estancada o crece en mucha menor proporción a  las poblaciones  que la sostienen y viven de ella mientras que los llamados países emergentes  van tomando el relevo de los países  que, hasta hace muy poco,  mantenían  y controlaban a su merced las fuentes de riqueza.
Pero ¿no es cierto que, para recuperar posiciones,  nosotros los españoles (incluidos lo que reniegan de serlo) podemos hacer bastante más de lo que hacemos en lugar de derrochar energías en paganos particularismos? ¿no es disparatado el comprobar cómo ciertas regiones de España actúan contra natura al promover mayor aislamiento del resto cuando resulta imprescindible juntar capacidades para, hombro con hombro, responder al desafío que nos lanzan los otros? ¿Acaso hemos olvidado que podemos ser mucho más de lo que somos y que el reciente relevo en la cumbre de la Política Nacional nos coloca al principio de lo que puede y debe llegar a ser un sugestivo proyecto de reanimación propia con la consiguiente proyección internacional  a beneficio de todos, empezando por nosotros mismos? 

martes, 17 de enero de 2012

NO TODOS HAN SIDO, SON, NI SERÁN IGUALES

   Claro que, mientras el mundo sea mundo, habrá debilidades, abusos, inoperancias y corrupciones en el ámbito de las sociedades, partidos políticos y otros grupos sociales.
   Pero, por mucho que se grite o se trate de justificar la mediocridad o escasísima falta de juicio de tantos y tantos que presumen de ilustrados, nadie puede sostener que los aciertos ni, tampoco, los cúmulos de debilidades, inoperancias y corrupciones sean del mismo carácter e igual intensidad en todos los casos y que, en razón de ello, ocasionen los mismos perjuicios a quienes padecen o han de padecer sus consecuencias. No puede ser de otra forma en cuanto sociedades, partidos políticos y otros grupos sociales están formados por personas  buenas, tibias o malas, con muy distinta condición, dispares criterios incluso sobre los objetivos del grupo a que pertenecen y (lo que es más determinante) sin igual buena voluntad para poner de su parte lo que haga falta para mejorar la situación;  y ¿qué decir de los líderes o principales responsables de las principales opciones políticas? ¿por qué algunos de ellos, en lugar de reconocer evidentes fallos y tropelías, hacen lo indecible para, en el mejor de los casos y cuando ya no es posible negar la evidencia, apuntar que ellos no hacen cosa que no hayan o piensen hacer los otros? ¿Qué razón hay para proclamar  o insinuar que todas las personas que participan en política harán otro tanto cuando surja la ocasión?
   Insisto: aferrarse a eso tan manido de que todos son iguales, además de una soberbia majadería, es el más pobre y falaz de los trucos de disculpa o defensa. Por demás, bien, hemos podido ver que, entre los socialistas o no socialistas, con distintos grados de inteligencia y disposición para la gestión pública, hay personas que se han distinguido por obrar de través sin otro objetivo que el de mirar por sí mismos frente a otras que han procurado cumplir con su obligación de servir a los demás.
Si hemos de centrarnos en los hechos concretos, ahí tenemos el ejemplo del gran político recientemente fallecido, don Manuel Fraga Iribarne. Creo que fue Felipe González el que dijo de él que “le cabía el Estado en la cabeza”. De lo que no cabe la menor duda es tanto de su categoría moral e intelectual como de su capacidad de gestión en plena concordancia con las circunstancias en que desenvolvió su trayectoria de servicio público durante unos sesenta años. Y verdad es que tiene muchos émulos en el Partido que fundó y, probablemente, en otros partidos que dicen mirar en distinta dirección.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

¿Adónde va la Izquierda Española?

   Con distintas gradaciones según su trayectoria histórica y respectivos líderes o “barones”, en España  son el PSOE, IU y UPYD los partidos de izquierda con mayor relevancia política. Denominador común de los tres es una visión colectivo-materialista de la Realidad amparándose  en un totum revolutum que sus próceres llaman “valores de la izquierda”. Aunque, para la mayoría de los españoles del siglo XXI empieza a ser música ininteligible  todo lo que hace referencia a lucha de clases, conciencia colectiva, determinismo histórico, nueva social-democracia  y otras muchas “ideas-fuerza” del viejo, ya muy viejo, colectivismo izquierdista, no faltan “ilustrados” que tratan de elaborar un soporte de catequización de las masas mezclando estrategias y supuestos “valores” como contrapunto “a lo de siempre”.
    Triste, tristísima, ha sido la experiencia de los últimos siete años y pico en los que, a la par que sufríamos una ruinosa e inconsecuente forma de gobernar, paso a paso,  se resucitaban fantasmas del pasado y retahílas de tópicos con los que se ha ido formulando una especie de fundamentalismo ideológico con muy negativo efecto sobre la libertad de juicio de las propias conciencias. Claro que ha sido el PSOE de Zapatero y sus colaboradores el principal promotor de ese regreso hacia no se sabe dónde;  pero también es cierto que ni IU ni UPYD  han ido más allá de criticar tal o cual medida de gestión política al tiempo que compartían lo substancial del mismo fundamentalismo ideológico con su escala de supuestos valores, muy especialmente, una libertad desligada de la responsabilidad,  la lucha de clases y el mito de la conciencia colectiva, unas y otro edulcorados con el aliño de esa vuelta atrás que, tan impropiamente, llaman progresismo; ello con ciertos matices “estratégicos”, que van desde  el menosprecio por las más valiosas singularidades de nuestra historia hasta la formulación de sistemas educativos al uso de los más indolentes o propuestas de eliminar la propiedad privada  y todo lo que huele a afán de superación personal,  ese valor social que, en las economías más avanzadas, caracteriza a los emprendedores. 
    El menosprecio de las más valiosas singularidades de nuestra historia parece implicar una estudiada deshumanización de la vida personal, familiar y comunitaria, lo que, de hecho, favorece el adocenamiento general con la consiguiente oportunidad para los avispados comerciantes de voluntades: si yo te convenzo de que es progreso decir que no a viejos valores como la libertad responsable o el amor a la vida de los indefensos, el dejarte esclavizar por el pequeño o monstruoso bruto que llevas dentro... si elimino de tu conciencia cualquier idea de trascendencia espiritual... tu capacidad de juicio no irá más allá de lo breve e inmediato; insistiré en que las posibles decepciones no son más que ocasionales baches que jalonan el camino hacia esa anquilosante y placentera utopía en que todo está permitido.
    Para que me consideres un genio y me aceptes como guía, necesito embotar tu razón con inquietudes de simple animal. Pertinaz propósito mío será romper no pocas de tus “viejas ataduras morales”. Para cubrir el hueco de esas “viejas ataduras morales” es preciso presentar monstruosas falacias que “justifiquen” bárbaros comportamientos. Ideólogos no faltan que presentan lo cómodo y fácil como lo único que valga la pena perseguir o que confunden el progreso con cínicas formas de matar a los que aun no han visto la luz (el aborto) o “ya la han visto demasiado” (la eutanasia o “legal” forma de eliminar a ancianos y enfermos de difícil cura).
    Aporte de la visión izquierdista del Progreso quiere es la ridiculización de la familia estable, del pudor o del sentido trascendente del sexo. Se configura así un nuevo catálogo de “valores” del que puede desprenderse como heroicidad adorar lo intrascendente, incurrir en cualquier exceso animal, saltarse todas las barreras de la moral natural hasta hacer del egoísmo el más apetecible  de los comportamientos,  presentar al amor estéril como ideal familiar o usar del aborto como un “legítimo derecho” de los padres. Ello implica la ridiculización de lo que llamamos “sagrados y perennes valores” (la libertad, la protección del débil, el trabajo solidario, la generosidad, la conciencia de las propias limitaciones...) se da de bruces con la necesidad de la proyección social de las propias facultades. Muy poco se puede hacer sin sentido del sacrificio y del carácter positivo de todas y de cada una de las vidas humanas, empezando por la propia.
    Visto lo visto ¿alguien puede creer que, con el bagaje ideológico de la izquierda española, labraremos un mundo más libre, más justo y más dichosos?

sábado, 3 de diciembre de 2011

¿CREPUSCULO DEL SOCIALISMO ESPAÑOL?

   Bien se recuerda cómo en  las Elecciones Generales de octubre de 1982, ante el hundimiento de la UCD y a caballo del mito del cambio desde lo insubstancial a lo no se sabe qué,  el PSOE logró más de diez millones de votos  con 202 diputados entre 350. En sucesivas elecciones, el PSOE fue perdiendo fuelle electoral hasta ser derrotado en 1996 por el Partido Popular, con  José María Aznar como presidente.
   El  no se sabe qué,  patrocinado por aquella mayoría absoluta con  el señor González Márquez a la cabeza, se tradujo  en una catastrófica  gestión económica salpicada con numerosos casos de corrupción,  un  irrenunciable afán por  introducir  “nuevos valores” en la forma de vivir e, incluso, de ser de los españoles, además de prestar indebida consistencia a una “clase” de políticos con el denominador común de perseguir el poder por el poder y no el bien de los españoles en razón de la realidad  histórica de España. No hicieron falta los 25 años  prescritos por don Alfonso Guerra para que a España no la conociera ni la madre que la parió:  cinco millones de parados , terrorismo de estado, progresiva desvertebración de  de los núcleos esenciales de la nación, relativismo rampante en  los sistemas educativos  y un largo etcétera hablan por sí solos.
   Con los ocho años de gobierno del Partido Popular, dirigido por José María Aznar y un equipo en el que  resultó figura destacada Mariano Rajoy,  España recuperó parte de sus esencias a la par que  vio enderezada su economía con el resultado de cinco millones de  nuevos empleos  y la acreditación  como la octava potencia económico-industrial del Mundo.
   Por arte de las fuerzas obscuras de la “intra-historia”,  la luctuosa tragedia del 11 de marzo del 2004 imposibilitó la continuación de un gobierno pragmático  y desideologizado para dar paso al presidido por  el señor Rodríguez Zapatero, quien, desde el primer momento,  más que continuar  la línea que corresponde a la buena política de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, pareció empeñado en catequizarnos a todos  en torno  a una vuelta atrás en la historia hasta un horizonte teñido de color de rosa por su propio capricho, lo que, lógicamente, a la par que sembraba la discordia entre los españoles, distraía a todos los suyos de la perentoria tarea de gobernar según las exigencias de la diaria realidad, todo ello sin dejar de pretender reinventar la teoría socialista. ¿Resultado? Vuelta a los cinco millones de parados, una astronómica deuda con el consiguiente peso  de unos  intereses que lastran hasta lo indecible la recuperación económica,  una palmaria descoordinación entre poderes y territorios, nuevas vías para la corrupción de unos y otros,  salidas  por la tangente a base  de atropellar derechos fundamentales como el de la vida de los no nacidos, etc,, etc., etc.., todo ello por no hablar de la evidente descomposición de su propio Partido. Claro que desde el olimpismo de su capricho, el señor Rodríguez Zapatero confió en don Alfredo Pérez Rubalcaba para enderezar las cosas y… ¿Cuál ha sido el resultado?
   En el propio Partido Socialista Obrero Español no faltan  personajes  que hablan de dar paso a la discusión sobre ideas en lugar de sobre personas. Pero, si sus dirigentes, los mismos que difícilmente van a renunciar a los “asentados” privilegios, pretenden  romper con la marcha hacia su desaparición ¿cuáles habrán de ser esas  ideas sin salir del laberinto de si Marx sí o Marx no,  los buenos propósitos aliñados con ambiciones soterradas y torpes realidades,  macabros recursos  como el de dedicarse a desenterrar muertos  (dejad a los muertos que entierren “o desentierren” a sus muertos)  o reinventar nuevos caminos de redención proletaria?  No creéis que  tiempo es ya de sumergirse en la “Política del Sentido Común”, ésa cuyo campo está en el de velar por la libertad y prosperidad de los ciudadanos y cuyos límites están justamente en donde comienza el respeto a los dictados de la conciencia de todos los ciudadanos, campo exclusivo de Dios y de la Religión?