lunes, 28 de abril de 2014

CERCANOS, MUY CERCANOS, Y SANTOS MUY SANTOS

Aunque, en este blog, lo habitual es hablar de política, bien vale la pena referirnos hoy al excepcional acontecimiento de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, dos Papas a los que debemos mucho de lo bueno de nuestro tiempo y que para muchos de nosotros han dado extraordinaria juventud a la Iglesia. 
Ya hemos señalado en diversas ocasiones la necesidad de que el ejercicio de la Política, sea cual sea el sistema de gobierno imperante, ha de ajustarse a un criterio moral si quiere cumplir con el cometido que le es propio, es decir, el bien de todos y cada uno de los ciudadanos. Por nosotros mismos hemos podido apreciar que los dos nuevos santos han marcado muy claramente la pauta de ese necesario criterio moral. 
Es la razón por la que, con el título "Cercanos, muy cercanos, y santos muy santos" transcribimos el artículo publicado por el que esto firma en la revista Buena Nueva (28/04/14):
Si fijamos la atención hacia siglo y medio atrás de nuestra historia, los católicos habremos de reconocer que fue algo muy positivo para nuestra Santa Madre la Iglesia el forzado abandono del poder temporal sobre una buena parte de Italia por parte de SS beato Pío IX  el 20 de septiembre de 1870.  Es a partir de entonces cuando el efectivo poder temporal de los papas queda reducido al minúsculo estado del Vaticano, mientras que su  poder espiritual con la consiguiente autoridad moral han ido creciendo hasta llegar al profundo y preciso magisterio de Benedicto XVI cuya heroica renuncia de  hace un año dio lugar a la elección de nuestro entrañable  Santo Padre Francisco, que nos acaba de regalar la canonización de San Juan XXIII y San Juan Pablo II, de más en más cercanos, muy cercanos, y de más en más santos, muy santos.
Tan bendita etapa de la Historia de la Iglesia es iniciada por el propio beato Pío IX (1846-1878), al que debemos la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre de 1854 y la realización del concilio Vaticano I (1869-1870), seguido por León XIII (1878-1903), cuya es la inspirada, esclarecedora y oportuna  encíclica Rerum Novarum (1891).
Ya en el siglo XX, contamos los católicos con San Pío X (1903-1914), Benedicto XV (1914-1922), Pío XI (1922-1939) y el venerable Pío XII (1939-1958), pontificados que, a base de entrega y buen hacer, han de hacer frente a la creciente ola europea de paganos fundamentalismos, incluidos el comunismo soviético y el nazismo. Para cualquier observador imparcial, la Iglesia, con sus sucesivos sumos pontífices al frente, estuvo a la altura de las circunstancias como  esperanza y refugio para las personas de buena voluntad y, sin duda, que es gracias a ella, como el horizonte de la paz se ha venido mostrando asequible desde la derrota de Hitler en 1945 y abandono de la llamada Guerra Fría a partir de la caída del Muro de Berlín (1989).
Tras el venerable Pío XII, llegamos al Papa Bueno, San Juan XIII (1958-1963), a quien debemos el llamado  “Aggiornamento” o “puesta al día” de la Iglesia Católica con su convocatoria del Vaticano II y encíclicas como la  “”Mater et Magistra”, madre, maestra y cercana, muy cercana a todos nosotros siempre con la adecuada solución a los problemas del día a día.
Con el intervalo de los pontificados de Pablo VI (1963-1978), que culminó la obra del Vaticano II (1962-65) y de  Juan Pablo I (un mes de 1978), llamado el Papa de la Sonrisa, ambos en proceso de beatificación, llegamos a San Juan Pablo II (1978-2005), ese sabio, carismático  y Santo Padre que, junto con San Juan XIII,  en presencia del “abuelito” Papa Benedicto XVI y ante más de un millón de fieles peregrinos, ha sido canonizado por el entrañable Papa Francisco.
La Prensa habla de un  “inigualable acontecimiento histórico que ha reunido a cuatro papas”. Permítasenos apuntar: son cuatro papas cercanos, muy cercanos y santos, muy santos

lunes, 14 de abril de 2014

Algo de lo que dijo Ortega sobre el NACIONALISMO PARTICULARISTA

Se habla mucho del “problema catalán” que, aun sin dejar de ser un gravísimo problema,  para muchos de nosotros, sobre todo en su versión actual, no es más que puro artificio de unos pocos que no dejan de seguir ensimismados en la contemplación de la redondez de su ombligo: no razonan, simplemente se pierden en los vapores de una ensoñación radicalmente “particularista”.
Es lo que al que esto escribe le ha sugerido el repaso del discurso que, ante las Cortes Españolas, pronunció el 13 de mayo de 1932 el entonces diputado don José Ortega y Gasset. Bueno e ilustrativo es entresacar los siguientes párrafos:
Pues bien, señores; yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles…./….es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá siendo mientras España subsista; que es un problema perpetuo, y que a fuer de tal, repito, sólo se puede conllevar.
¿Por qué? En rigor, no debía hacer falta que yo apuntase la respuesta, porque debía ésta hallarse en todas las mentes medianamente cultivadas. Cualquiera diría que se trata de un problema único en el mundo, que anda buscando, sin hallarla, su pareja en la Historia, cuando es más bien un fenómeno cuya estructura fundamental es archiconocida, porque se ha dado y se da con abundantísima frecuencia sobre el área histórica. Es tan conocido y tan frecuente, que desde hace muchos años tiene inclusive un nombre técnico: el problema catalán es un caso corriente de lo que se llama nacionalismo particularista. No temáis, señores de Cataluña, que en esta palabra haya nada enojoso para vosotros, aunque hay, y no poco, doloroso para todos.
¿Qué es el nacionalismo particularista? Es un sentimiento de dintorno vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara, que se apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir aparte de los demás pueblos o colectividades. Mientras éstos anhelan lo contrario, a saber: adscribirse, integrarse, fundirse en una gran unidad histórica, en esa radical comunidad de destino que es una gran nación, esos otros pueblos sienten, por una misteriosa y fatal predisposición, el afán de quedar fuera, exentos, señeros, intactos de toda fusión, reclusos y absortos dentro de sí mismos.
Y no se diga que es, en pequeño, un sentimiento igual al que inspira los grandes nacionalismos, los de las grandes naciones; no; es un sentimiento de signo contrario. Sería completamente falso afirmar que los españoles hemos vivido animados por el afán positivo de no querer ser franceses, de no querer ser ingleses. No; no existía en nosotros ese sentimiento negativo, precisamente porque estábamos poseídos por el formidable afán de ser españoles, de formar una gran nación y disolvernos en ella. Por eso, de la pluralidad de pueblos dispersos que había en la Península, se ha formado esta España compacta.
En cambio, el pueblo particularista parte, desde luego, de un sentimiento defensivo, de una extraña y terrible hiperestesia frente a todo contacto y toda fusión; es un anhelo de vivir aparte.…/….Pero claro está que esto no puede ser. A un lado y otro de ese pueblo infusible se van formando las grandes concentraciones; quiera o no, comprende que no tiene más remedio que sumirse en alguna de ellas: Francia, España, Italia. Y así ese pueblo queda en su ruta apresado por la atracción histórica de alguna de estas concentraciones, como, según la actual astronomía, la Luna no es un pedazo de Tierra que se escapó al cielo, sino al revés, un cuerpo solitario que transcurría arisco por los espacios y al acercarse a la esfera de atracción de nuestro planeta fue capturado por éste y gira desde entonces en su torno acercándose cada vez más a él, hasta que un buen día acabe por caer en el regazo cálido de la Tierra y abrazarse con ella. Pues bien; en el pueblo particularista, como veis, se dan, perpetuamente en disociación, estas dos tendencias: una, sentimental, que le impulsa a vivir aparte; otra, en parte también sentimental, pero, sobre todo, de razón, de hábito, que le fuerza a convivir con los otros en unidad nacional. De aquí que, según los tiempos, predomine la una o la otra tendencia y que vengan etapas en las cuales, a veces durante generaciones, parece que ese impulso de secesión se ha evaporado y el pueblo éste se muestra unido, como el que más, dentro de la gran Nación. Pero no; aquel instinto de apartarse continúa somormujo, subterráneo, y más tarde, cuando menos se espera, como el Guadiana, vuelve a presentarse su afán de exclusión y de huida.
¿Qué cabe añadir a los precedentes párrafos, cuando a la vista está que los pueblos más avanzados y más consecuentes con su propia historia derrochan lo mejor de sus energías en consolidar los lazos con quienes elaboran “sugestivos proyectos de acción en común”?

¿Creéis que es mejor  retroceder más de quinientos años  en la Historia por el solo capricho de los que ya han caído víctimas de su propio particularismo?

miércoles, 9 de abril de 2014

HABLEMOS DE ESPAÑA Y DEL ALDEANISMO NACIONALISTA

España y su territorio son lo que son, desde que, en 1512,  Fernando el Católico se las arregló para recuperar el reino de Navarra, que durante poco menos de tres siglos (en 1234, a la muerte de Sancho VII el Fuerte), había vivido formalmente desligada de los asuntos peninsulares, aunque, a decir verdad, siempre se sintiera genuinamente hispánica.
A la vista de ello y de todo lo que viene aconteciendo desde entonces, podemos muy bien decir que los españoles, todos los españoles, al margen de nuestras discrepancias y más o menos dramáticos avatares, hemos hecho Historia juntos y que, ya en la segunda década del siglo XXI, formamos parte de los países que gozan de los privilegios que facilita la Democracia, sistema de gobierno y de agrupación de voluntades, que, si no es todo lo perfecto que cabría desear, sí que, tal como diría Churchill, es el menos malo de los posibles.
Esa Democracia, perfectible aunque no perfecta, no puede ser, en ningún caso, un juego de azar, un monopolio de los que más gritan ni, mucho menos, una coartada de los insolidarios y egoístas: por lo mismo necesita de un cauce legal en el que lo provechoso para todos prime sobre el egoísmo cerril de unos pocos, esos mismos que, como diría Álvaro de la Iglesia, parecen vivir extasiados ante la contemplación de la redondez de su ombligo. Para adoptar un más positivo comportamiento, los españoles, en 1978, nos dimos un Constitución, Ley de Leyes, que marca límites a la conducta de los que pretenden vivir al margen de las reglas democráticas, en especial las que nos llevan a no buscar para los otros lo que no queremos para nosotros mismos.
Bien sabemos que la unión hace la fuerza o ¿creíais otra cosa?
Ayer, ocho de abril de 2014, en el Parlamento Español, templo de la Democracia Española, se vivió un intenso debate en el que triunfó lo que Ortega habría llamado la “Razón Histórica de España”: aunar esfuerzos para, “juntos”, abordar “un sugestivo proyecto de acción en común”, lo que no implica que todos y cada uno de nosotros vivamos embargados por una mutua y desbordante simpatía. La Razón obliga y el futuro es demasiado problemático para que unos y otros, como aquellos dos conejos, esperemos la llegada de los perros discutiendo sobre si “son galgos o podencos”. La Libertad, el Orden  y el Entendimiento entre todos, son bienes demasiado preciosos para colocarlos fuera de la cobertura de esa Ley que garantiza la persistencia de todo aquello en que se apoya la paz y la prosperidad de todos y cada uno de nosotros los españoles, de Norte a Sur y de Este a Oeste.
Tras el intenso debate de ayer sobre el ser o no ser de la España que la mayoría de los españoles queremos, desde el más rancio nacionalismo, no falta quien apunta que “el Estado Español ha dejado pasar otra oportunidad” ante los portavoces del “proceso soberanista"…”
¿Desde dónde, de parte de quienes y para qué?
¿Queréis creer que es desde una de las partes más entrañables de nuestra España? ¿Que los que han promovido el desaguisado son españoles que pretenden ser más nobles ciudadanos dejando de ser españoles para encerrarse en las limitaciones e inconsistencias de un inventado o anacrónico pasado, cuando son lo que son por sangre, historia, cultura, educación y posibilidades de futuro? ¿Os habéis dado cuenta de que pretenden lo que pretenden para la efímera gloria de unos pocos, poquísimos, de los que podría decirse que no les importa quedarse tuertos a cambio de que se vuelvan ciegos el resto de los ciudadanos?
¿Cabe aceptar que, empequeñeciéndonos, podemos abordar más grandes y más brillantes hazañas?

Claro que para salir del paso, los “retóricos de la movida nacionalista” intentan ennoblecer al propio nacionalismo (especie de paganismo político, que diría Juan Pablo II), como si el nacionalismo de estrechísimos límites y pese a quien pese, por eso de ser artificialmente ennoblecido, dejara de ser puro y duro egoísmo.

miércoles, 5 de marzo de 2014

DESESPERADA ANSIA DE PODER

No doy nombres para que cada uno de mis lectores aplique lo que voy a decir a quien él o ella piense que le corresponde. A ésos y a ésas, a quienes no pongo nombres, les estamos oyendo todos los días y a todas las horas  la cantinela de que son malos, malísimos, todos los que no pertenecen a su órbita: a decir de ellos y de ellas no hay cosa positiva a resaltar en todo lo que ellos o ellas no tienen arte ni parte.
Lo dramático del asunto es que, para sostener lo que sostienen, para explicitar lo que no es explicitable, para embaucar al que está presto a dejarse embaucar…, sea verdad o mentira lo que dicen, lo expresan con fáciles palabras,  persuasivas entonaciones y una total superficialidad, factores que distraen de lo que realmente les importa a tantos y tantos a los que cuesta enorme trabajo reflexionar.
Leemos hoy que, por ejemplo, las becas “Erasmus” van a parar a los hijos de aquellos a los que sobra el dinero. ¿En qué se basa para tan grave acusación? Sencillamente en que goza de impunidad para decir lo que la venga en gana.
¿Qué decir de quien, sin prueba alguna y solamente porque entiende que ello puede atraerle los votos de los que nunca le votan, suelta el peregrino supuesto de que las consabidas pelotas de goma iban dirigidas por ideas de matar aunque fueran disparadas en dirección contraria y a medio kilómetro de distancia de los que, desgraciadamente, perecieron ahogados?
Recientemente hemos asistido al “Debate del estado de la Nación”… ¿es lógico que frente a datos y proyectos, en lugar de demandas de precisión, razonados análisis, apuntes complementarios o positivas sugerencias, no oigamos más que descalificaciones, insultos o patochadas al estilo de “sin saber de qué se trata, yo lo haría infinitamente mejor”?
Visto lo visto y escuchado lo escuchado, no es de extrañar el que algunos pongan cara de funeral cuando se enteran de que las cosas no van tan mal como ellos y ellas esperaban.
¿Razón de tales comportamientos? ¿No será que, entre no pocos de los políticos españoles, la desesperada ansia de poder ha llegado a convertirse en alienante enfermedad?

¡¡Calma, chicos y chicas!! Puesto que se ve claramente que carecéis de vocación política…, ¿os cuesta tanto trabajo reconocer que, para ganarse la vida, existen  caminos menos estresantes que la Política, a la que tratáis de tan chapucera manera?  

martes, 25 de febrero de 2014

EL PASO CAMBIADO DE UN OPOSITOR

Opositor a lo que sea es un señor que pretende desbancar al actual Presidente del Gobierno de España, luego de haber demostrado que no quiere saber nada de todo lo malo que él ha hecho, cuando son sus muy graves consecuencias las que entorpecen la imprescindible recuperación. ¿De dónde quiere usted que salga el dinero para ir más deprisa y con más seguridad en el camino hacia esa recuperación?
¿Qué me dice usted de la deuda heredada? ¿Qué de los millones de puestos de trabajo destruido? ¿Qué de las facilidades que usted prestó a todos los que sueñan con la desvertebración de España? ¿Acaso no fue usted persona clave en el anterior gobierno? ¿No cree usted que los españoles nos merecemos una sincera autocrítica suya, incluida la explicación  sobre lo que hay detrás de tal o cual caso que está en la memoria de los españoles?
Pobre, muy pobre, es la oposición que no esgrime otro argumento que ese tan recurrido por los demagogos recalcitrantes: “yo soy bueno, muy bueno, porque todos los que no hacen lo que yo hago, son malos, muy malos". ¿Acaso ha demostrado usted ser lo buen político que pretende ser cuando tenía ocasión de demostrarlo? ¿Por qué, en lugar de la crítica por la crítica, no opta usted por examinar con lupa cada nueva disposición para cubrir, una a una, las posibles y probables deficiencias?
Como ciudadano sin otro compromiso político que el de votar responsablemente cuando llega la ocasión, me siento defraudado cuando compruebo que, para mejorar lo mejorable, el que debía debía ilustrarnos sobre una mejor manera de superar las actuales dificultades, parece como si desfilara con el paso cambiado para terminar yéndose "por los cerros de Úbeda" en su discurso de hoy, 25 de febrero de 2014 (evasivas, tópicos, invenciones y medias verdades).

martes, 18 de febrero de 2014

APRENDICES DE CAUDILLO EN DEMOCRACIA

La Democracia que, fundamentalmente, es participación en las decisiones que afectan a los derechos de la persona y al bien de la comunidad según las exigencias del momento político, requiere una reactivación del “espíritu generoso” y de la capacidad de reflexión de cada ciudadano. El simple número de votos no hace demócratas a los que esperan agazapados la ocasión de hacer realidad los caprichos de su ego.
Precisado un compromiso de realización personal (puesto que yo soy así estoy obligado a obrar en consecuencia), el ciudadano con plena conciencia de su poder y de su libertad, debe situar al profesional de la política justamente en el lugar que le corresponde: este profesional de la política no es ni más ni menos que un servidor de la Comunidad con el obligado respeto a la libertad y a la responsabilidad de todos y de cada uno de sus conciudadanos, en el legítimo proceso de hacerse a sí mismos a través de sus respectivos empleos y vocaciones (ojalá coincidan los unos con las otras) en el tratamiento de las cosas y problemas del día a día.
Pero ese Gestor Público, asentados “sus reales” en determinado escalón de lo que se llama “función pública”, ya está en situación de manejar infinitos hilos de vanidades, caprichos y ambiciones; es cuando, muy difícilmente, resiste a lo que se llama erótica del poder: en mayor o menor medida vivirá el posible debilitamiento de su propia escala de valores (si es que la tenía bien definida y asumida) hasta dejarse dominar por una especie de “síndrome de la auto complacencia” con la probable consecuencia de considerarse a sí mismo como lo único importante.
Es ése un proceso repetido hasta la saciedad en el mundo de la Política. Se encuentran inequívocos ejemplos en cualquier autocracia, pero, también, en las democracias, por muy “representativas” que éstas sean. Sabemos que la degeneración personal, si es un peligro anejo a la propia condición humana, encuentra su mejor caldo de cultivo en las “altas esferas de la Política”, sobre todo si el líder en cuestión, gobierno o no, se muestra capaz de inventar nuevos “valores”: el Poder corrompe, se ha dicho con bien justificada contundencia.
Para que, en nuestra Democracia, el “síndrome de la auto complacencia” despierte complicidad no se precisa más que el incensario de unos cuantos paniaguados estratégicamente situados en las esferas de influencia del propio partido y de una teórica oposición “circunstancialmente complementaria”. Desde ahí ya es posible domesticar a los otros poderes, amañar los procesos electorales (aun en el caso de transparentes recuentos), despilfarrar sin medida, mentir “institucionalmente”, ignorar elementales derechos de los otros... en suma, ejercer una más o menos velada forma de tiranía, también desde la oposición por eso de las “cuotas de consenso”.
Por ello, en el compromiso democrático con la mayoría, además de la imprescindible virtud de la humildad por parte de los titulares de tal o cual parcela de poder, para la comunidad política resulta esencial una vigilante y certera capacidad de juicio con que analizar virtualidades, trayectorias y comportamientos de los candidatos a la función pública. Por el contrario, resulta clara muestra de complicidad con la tiranía (sea o no de raíz democrática) una adhesión incondicional por ciega devoción a lo aparente, rutina, pereza, envidia u obsesiones de revancha.
En la Democracia Española, por virtud de una “consensuada ley electoral” y la rutina de los procesos establecidos o tolerados, se vive en una situación en la que el líder del partido en el Gobierno tiene facultad para nombrar a todos los integrantes de la Pirámide Ejecutiva desde el primero al último nivel sin que ello implique una elemental idoneidad para los respectivos cargos o responsabilidades; por demás, no encuentra serias dificultades para situar al “adicto incondicional” en la cúpula de los otros dos poderes, legislativo y judicial, mientras que, si sabe aprovechar una propicia circunstancia, malo será que no cuente con los mejor situados en los medios de comunicación o “cuarto poder” o en el que muchos consideran el súper-poder financiero. También y puesto que es la primera e indiscutible autoridad de su partido, el líder en unas Elecciones Generales tiene derecho de propuesta o veto para confección de todo tipo de listas electorales (generales, autonómicas, municipales, etc...) ¿No significa todo ello la posibilidad de ejercer un poder político absoluto, o, lo que es lo mismo, el trampolín para actuar como auténtico caudillo sin abandonar lo que, en genuina corrección política, se llama “ámbito de la democracia”?.
Ciertamente, las particulares circunstancias de nuestra Democracia (piramidal, plebiscitaria y de listas cerradas) permite al líder favorecido por la mayoría de votos, marcarle cauces dogmáticos a la economía, situar a todos sus amigos en las esferas de poder; manipular los medios de información para alterar lo valores en uso en función de sus obsesiones, prejuicios o “confluencias ideológicas”; convertir a las “cámaras de representación popular” en caja de resonancia de sus buenas o malas decisiones, frenar o desviar el curso de la justicia en beneficio de sus amigos...
De hecho, en el ejercicio de su poder, el líder que triunfa en unas elecciones disfruta de todas las prerrogativas de un caudillo sin otro requisito previo que el de mantener la connivencia de un suficiente número de diputados. En estas circunstancias, desde la jefatura del poder se manejan o se pueden manejar todos los controles de la vida pública: alcaldes, senadores, diputados… de su partido son pupilos suyos en cuanto que, gracias a su “dedo”, lograron un ventajoso puesto en las listas. Si la mayoría es absoluta no habrá ninguna eficaz objeción a determinada iniciativa o capricho; si no lo es, el recurso al mercadeo allana no pocas dificultades para navegar, incluso, contra la esperanza y el deseo de los electores del propio partido.
Logrado un suficiente número de votos y sin relevante contra poder por cuatro años (y muchos más si se acierta a manipular los resortes de la opinión pública y, con la adecuada palabrería, se neutraliza la capacidad crítica de tibios, fieles y simpatizantes), es posible mantener impunemente la libertad de hacer o no hacer según la propia conveniencia y marcando distancias con la teórica oposición política con torticeros argumentos al estilo de “basta que tú (oposición) propongas esto para que yo (poder) imponga lo contrario” .
No varía substancialmente la cuestión en el hipotético caso en que el jefe de gobierno lo sea por acuerdo entre dos o más partidos: en el actual estado de cosas y puesto que los respectivos jefes de partido han entrado en la rueda de conveniencias, respaldarán cualquier decisión del jefe supremo con la connivencia de un Parlamento satélite, justo lo contrario de lo que propugnó Montesquieu y, con él, todos los defensores de una democracia no hipotecada por la inercia de los intereses partidistas, que, salvo muy honrosas excepciones, suelen ser los intereses o debilidades de los líderes.
No irían así las cosas si, al menos y en ocasiones de notable trascendencia, el voto en el Parlamento fuera realmente libre y al dictado de la conciencia de cada diputado. Claro que, para resultar aceptablemente libre, ese voto habría de ser secreto, si no en todos los casos, al menos, ante las cuestiones de mayor trascendencia: no es de recibo oír en cualquier parlamento expresiones al estilo de “todos mis compañeros y yo pensamos…” ¿de cuándo acá es colectivo algo tan sagrado como un íntimo pensamiento, la voz de la conciencia o los valores con los que cada uno forja o intenta forjar la propia personalidad?
¿Sería mucho pedir a los señores diputados que, en defensa de su propia libertad y de la elemental dignidad para un “legítimo representante de la voluntad popular”, exijan voto libre y secreto para cuestiones tan importantes como la investidura, leyes que vulneren determinados conceptos morales, el Presupuesto o un eventual voto de censura a la actuación del Jefe de Gobierno?
Institucionalizar esa mínima prerrogativa no implica ningún trauma legal: bastaría hacer uso de la elasticidad del “Reglamento”. Claro que ello crearía un precedente no muy halagüeño para cuantos aspiran a disfrutar del poder merced a un entramado de intereses cuidadosamente hilvanados y cuya consistencia sigue asegurada por el voto servil. Si, además, sucede que los altos organismos judiciales cubren sus vacantes a propuesta del parlamento, caja de resonancia de la voluntad del jefe... Entre los interesados por copar los puestos de mayor relieve, por ejemplo, en el poder judicial, llega a no es el mayor aliciente el ponderado y veraz entendimiento de las exigencias de la Justicia de todos y para todos. De esa manera, pierde su positivo carácter lo que se llama “equilibrio de poderes” hasta el punto de que el “natural ejercicio de la independencia judicial” llega a ser considerado una genial heroicidad.
Claro que, tal están demostrando heroicos jueces del momento actual, las leyes deben y pueden tener más fuerza que los posicionamientos políticos, por muy altos que éstos sean. En momentos cruciales de nuestra reciente historia, por desgracia, no se ha dado tal situación: entre nosotros, personajes bien notorios han logrado “saltarse a la torera” todo el aparato jurídico. Sin sacar a colación consabidos escándalos de la vida pública, choca al buen juicio democrático eso de la inmunidad parlamentaria sobre cuestiones tan obviamente criminales como la connivencia con el “terrorismo de Estado” o el uso de los fondos públicos para enriquecer a delincuentes. El tentado a ejercer de “caudillo” debiera reconocer que lo suyo es provisional: su permanencia en el Poder depende de la suma de votos en la próxima confrontación electoral.

Pero no todos los candidatos o titulares de poder político, justo es decirlo, sucumben a la tentación de “caudillismo” (de ello ya tenemos pruebas históricas y también actuales), de donde se deduce que, en una Democracia como la española, contra los vicios y atropellos del caudillaje ocasional, no cabe mejor remedio que la sagacidad de los votantes: es de sentido común elegir la menos mala de las opciones sea a la hora decidirse por un candidato o cuando se ofrece a nuestra consideración tal o cual programa.

lunes, 3 de febrero de 2014

FUNDAMENTALISMO VISCERAL DE CIERTA IZQUIERDA

Se inició en Burgos, estos días está ocurriendo en nuestra Ciudad y a saber en dónde surgirá la próxima ola de esa orquestada,  gamberril y desorbitada violencia callejera, que, por supuesto, siempre pretenderá apoyarse en una más o menos legítima, justa o desorbitada, reivindicación.
¿El ver lo que está ocurriendo no es motivo más que suficiente para que aquellas organizaciones (partidos, sindicatos, etc.) que, en uso de las libertades que otorga la Constitución, se sirven de masivas protestas o manifestaciones, piensen detenidamente y se organicen en consecuencia para  que ese tipo de actos, por legítimos que sean, no pierdan todo su valor moral en cuanto derivan en grave perjuicio para la tranquilidad y bienestar de los ciudadanos? ¿Acaso la libertad es exclusivo privilegio de los gamberros y violentos?
A estas alturas del siglo XXI, cualquiera que presuma de “tener dos dedos de frente” bien puede ver que no hay razón alguna para que la mayoría viva a expensas de unos pocos, los mismos, que se apresuran a pescar en cualquier río revuelto y que, para cubrirse en salud, presumen ser de izquierdas… Y, si aún viéndolo, mira para otro lado ¿qué hemos de pensar de él? ¿Qué cuanto peor para todos mejor para él? Y si se auto titula de izquierdas ¿qué clase de izquierda es la suya? ¿la del palo y tente tieso? ¿la de “destruir es una forma de crear”? ¿la de “cuanto peor para todos mejor para mí”?
Queremos creer que hay una cierta izquierda para la cual  la “justicia social” es su principal valor, aunque, la verdad sea dicha, hasta la fecha, sus teorizantes  no hayan definido bien los más adecuados caminos para alcanzar y consolidar  una justicia social que se apoye en el trabajo, el amor y la libertad.  Razón de más para que esta izquierda, que pretende estar a la altura de los tiempos, huya de vender gato por liebre y se declare abiertamente contra cualquier violencia callejera, aunque solo sea para que sus adictos vean bien diferenciada  su doctrina de la que predica y practica la otra fundamentalista y visceral izquierda en la que se refugian los alborotadores y gamberros de oficio.

Si los líderes de la izquierda  sindical, que pretende ser moderna y civilizada, además de rehuir su “probada responsabilidad” en cualquier convocatoria que deriva en violencia, tratan de recoger las nueces de los árboles que otros agitan…, deben, en rigor, asumir las consecuencias entre las cuales ¿por qué no? están las que pueden y deben fijar los jueces.